12 sept. 2008

El sirviente



AÑO 1963
DURACIÓN 115 min.
DIRECTOR Joseph Losey
GUIÓN Harold Pinter (Novela: Robin Maugham)
MÚSICA Johnny Dankworth
FOTOGRAFÍA Douglas Slocombe (B&W)
REPARTO Dirk Bogarde, Sarah Miles, Wendy Craig, James Fox , Catherine Lacey, Richard Vernon


Decadencia y caída

Joseph Losey, realizador estadounidense exiliado en Gran Bretaña a consecuencia de "la caza de brujas", es todavía uno de los directores más misteriosos -pese a su enorme popularidad- del apodado ‘cine moderno’. Su gran reconocimiento se produjo con el éxito de El sirviente, un filme británico hasta la médula, pero enfocado con la mirada acerada del extranjero que indaga en las entrañas de otro modelo en un momento igualmente crispado: la Gran Bretaña de principios de los sesenta cuando "los jóvenes airados" contestan en los escenarios y la pantalla a una sociedad anclada en valores caducos. Losey incorpora a su cine elementos del cine inglés de ese momento: elegancia plástica, belleza formal y gusto por el contraste entre clases con sus historias de arribismo, decadencia, sexo, dolor y corrupción.
El sirviente es la película de Losey que mejor ha resistido el paso del tiempo gracias a su fuerza expresiva, magistrales interpretaciones y adecuado equilibrio entre fondo y forma. Con una contrastada fotografía en blanco y negro de Douglas Slocombone, Losey relata la historia de la vampirización de Barret, el joven criado (inquietante y magistral composición de Dick Bogarde) hacia Tony (James Fox), joven representante de cierta clase alta británica fuera de su tiempo. Compuesta por reencuadres, espejos deformantes, inquietantes contrapicados y una iluminación que va de la claridad a lo tenebroso, esta historia de suplantación y celos, plena de connotaciones homoeróticas entre los protagonistas, contó además con un inteligente guión de Harold Pinter lleno de ironía y juegos de palabras, subrayado por la puesta en imágenes de Losey, que desborda poesía y sensualidad en el microcosmos sórdido y crispado de una tragedia triangular en la que los personajes nunca son lo que parecen.

Un texto de Eduardo Nabal en contrapicado.net

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